Tras una noche de vigilia en la que dormí poco, ayer, día 18, Kerry me organizó una cita a ciegas con una conocida suya, camarada de varios encuentros liberales. Y yo, para variar, no tuve en cuenta el principio K (de Kerry): “enfrentado a cualquier evento en el que Kerry tenga que ver, cualquiera de mis planes, ideas e intuiciones se vendrán abajo por la legendaria habilidad de la dama para conseguir que nada salga como estaba prevista, esté ella o no presente“.

Así que quedé esta tarde para tomar algo con su amiga, a la que llamaré a partir de ahora Letizia (con Z de zorra), por motivos que desvelaré luego.

La primera indicación de que Kerry se había olvidado de mencionar algunos cientos de detalles sin importancia (empezando por la edad y las ganas de la dama) fue al verla, ya que no se correspondía con la mi idea preconcebida de ella. Al decirme Kerry que era una compañera suya de juergas, pensé que sería de su edad… y no se me ocurrió que fuera a tener sus muy buenos cuarenta y pocos años, con ese maravilloso estado de gracia, belleza y sensualidad que Dios otorga a las mujeres a esa gloriosa edad.

Y, por obra y gracia de la divinidad de turno, mi cansancio se evaporó.

Así comenzó todo, porque, a los veinte o treinta minutos de charla, la dama, tras una caída de párpados que me hizo pensar “niño, estás jodido o te van a joder…“, hizo verdad mi presentimiento y propuso que trasladarámos el punto de encuentro a un lugar más discreto donde, desnudos ambos, pudiéramos quitarnos el frío mutuamente.

Los comienzos no pudieron ser peores. Dado que la noche anterior no había dormido más que un par de horas por motivos laborales ajenos, mi cuerpo estaba en un curioso estado de “stand off”. O mejor dicho, estaba, pero no se le esperaba. Así que durante los juegos preeliminares, ante el delicioso y espectacular desnudo de la dama, yo sólo exhibía una media erección, con mi miembro medio erecto, medio ausente, arisco e indiferente a los mimos de la dama. Así transcurrió media hora de calvario que se me hizo eterna.

Tras varios intentos lo dejamos y nos pusimos a hablar, yo perplejo porque normalmente, cuando estoy cansado, es al revés (el cuerpo no reacciona, pero mi polla tiene ideas propias y da la nota al ir de por libre), ella completamente tranquila. Proseguimos hablando y, al cabo de un rato, comenzamos de nuevo con las caricias y besos hasta que yo me puse a agradecer los desvelos de Letizia comiendo su mojadito y sabroso coño. Y con mi lengua perdida entre sus pliegues, ante el manifiesto gozo de la dama, mi polla volvió a su arrogante vida, y allí, ahora sí, comenzamos de verdad a follar, tarea que nos tuvo ocupados durante la hora siguiente.

Al despedirnos, ya en la calle, ella me dijo “Kerry me ha dicho que escribes… saldré en tu diario?“. Le dije que sí y le pregunté si quería escoger su “nombre”. Y lo hizo: Letizia (con Z de zorra).

Gros bisous,
P.