Si a algo estoy acostumbrado es a equivocarme. Y a hacerlo dos y tres veces en la misma cuestión. Hace unos meses escribí que había mandado al olvido a una serie de follamigas porque no me divertía con ellas, porque había perdido la confianza en ellas debido a su comportamiento poco fiable y, finalmente, porque acababa cada una de mis citas con ella con un intenso dolor de esófago.

Bueno, tras meditarlo, hace un par de días emprendí lo que denomine “Operación Fénix”, para ver si alguien resurgía de sus cenizas y localicé a una de ellas, a mi favorita. En fin, por resumirlo brevemente.

Si entonces corté relaciones por

a) no divertirme
b) hartarme de sus intentos de manipularme
c) sus menciones preocupantes al matrimonio

Hoy, varios meses después, he visto que a) y b) se repetían y que c) salía a la palestra con una frecuencia nunca vista en aquellos lejanos meses. Prueba de ello es que el encuentro ha durado 14 minutos con 25 segundos. Digamos que, pese a mis esperanzas de cambio ajeno, no lo tenía claro y conecté el cronómetro casi delante de sus narices porque sospechaba que la cosa no iba a ir bien. Y no fue.

Al ver que los viejos problemas resurgían con escasa variedad con respecto al pasado, empecé a sentirme profundamente deprimido, no porque ella siga (o mejor dicho, haya empeorado) con sus tendencias matrimoniales (cada uno se amarga la vida como quiere), no, si no por mi estúpida ingenuidad pensando que ella podía haber evolucionado en estos meses de silencio por mi parte.

No, no podía haber tenido un momento de sensatez, no. Animado por el recuerdo de su dos tetazas, un cuerpo de escándalo (aunque con un culo muy frío, la verdad) y su sabroso coño (uno de los mejores que he probado en mi vida), me dije que, en el peor de los casos, al menos tendría un polvete para compensarme por el sufrimiento de escuchar su previsible cháchara. Pues no, ni eso.

Es que a los diez minutos, harto, convencido que no hay polvo que valga semejante tortura, he optado por mandar a la mierda a la decepcionante y definitivamente ex-follamiga y marcharme a casa, con la sensación de haber perdido el tiempo y de no haber saboreado mi capuccino como debía, dado el creciente grado de incomodidad.

Mujeres del mundo, un consejo… no se cuál es la táctica ideal para cazar a un hombre y llevarlo al atar, pero SÍ que se cuál no funciona: mencionar cada treinta segundos la palabra matrimonio.

Gros bisous,
O.