Si esta mañana las mujeres de mi vida (menos una) se han dedicado a desconcertarme a fondo sin ellas quererlo, planearlo o intentarlo, a partir del mediodía ha sido todo lo contario, comenzando con una deliciosa pausa con mi adorada y nunca del todo bien elogiada Dama de los Pies Fríos, que sigue camino de lograr que, una de estas veladas, le ronronée en todo su coño de lo bien que me lo paso con ella, sobre todo cuando me hace articular los pensamientos que mi mente apenas roza y que con ella doto de armazón. Y eso por no mencionar cuando me deslizo por los suyos y me honra de modos que otros ni pueden soñar.

Ayer me brindó unos cuantos momentos, pero me quedo cuando, a costa de sorprenderla (un poco, creo) al llevar a cabo una pequeña boutade de las mías, en una hora intempestiva para unos pero no para mí. Fue su reacción a mi ocurrencia, absolutamente en serio, absolutamente en broma, completamente sincera, cuando me mostraba su sorpresa ante mi boutade. Si atesoro todas y cada una de sus carcajadas, esa me la guardo en un lugar especial.

Caprichos que tengo.

Hoy he tenido una conversación en dos partes con Kerry. La primera, en ambiente distendido, la segunda algo más seria. El motivo ha sido uno de los momentos menos brillantes de este fantástico fin de semana. Hemos dejado las cosas claras, ella se ha explicado y yo confío en que no tendremos motivos que nos lleven a volver a hablar de esto, porque en ese caso, la conversación sería muy breve y de resultado definitivo. Para borrar este pequeño mal sabor de boca, esta noche iremos a cenar a un rinconcito que me apetece descubrir con ella.

Gros bisous,
P.