De regreso de un extravagante y extraordinario fin de semana, noto como en mis venas arden las ganas de hacer más, de vivir más y de llegar más lejos que nunca. Es como si un dique hubiera cedido y una sangre nueva me recorría de arriba a abajo.

Me lo he pasado tremendamente bien al lado de Kerry, que me ha seguido en algunos casos y me ha precedido en otros, arrastrándome tras sus pasos. Me ha gustado verla disfrutando conmigo y sin mí, y ha sido delicioso correr las horas en su compañía, llegando al punto que me he llegado a olvidar del frío y de dormir.

Han sido tres días (bueno, más bien dos y medio) que han sido muy diferente de lo que esperaba, pero no por ello no los he disfrutado. Hemos parado poco, y cuando lo hemos hecho, ha sido para descansar y reponer fuerzas, y para poco más. Hablando de cuando el jueves pasado disfrutó de un trío con otros dos hombres tuve un atisbo de su inmensa hambre de experiencias. El contraste entre su voraz mente y su rostro, suave y angelical, me provoca una fantástica erección y un escalofrío que me recorre entero.

Ya iré hablando sobre lo vivido en estos dos días pasados en Montreux.

Gros bisous,
P.