Del fin de semana pasado con mi maravillosa Lady V. me quedo con todo. Con los momentos de sexo desenfrenado en el que nos revolcábamos ambos en la lujuria. Con los instantes de ternura en los que intercambiabamos frases cariñosas como dos enamorados (por que nos queremos). Con las conversaciones sobre diez mil temas distintos. Con las bromas y las risas.

Hay un instante que perdurará en mi memoria. Tuve un pequeño accidente que nos hizo terminar en urgencias. Parece ser que últimamente tengo una cierta propensión a sangrar. Cuando los nervios se reposaron, yo cerré la puerta del box donde me habían aparcado y, mientras las enfermeras iban venían, yo, con la polla fuera de los pantalones y ella los faldones de su abrigo cubriendo la desnudez que sus pantalones desabrochados y ligeramente bajados, se iba sentando lentamente dejando escapar un gemido al ir yo entrando en ella, gemido hijo del placer y los nervios, del deseo y el morbo.

No duró demasiado el placer, pues yo terminé indecentemente rápido, algo inaudito en mí últimamente. Apenas nos habíamos recolocado la vestimenta llegó el doctor y la enfermera. Justo a tiempo.

Ese instante que no olvidaré es el de ese momento en el que ella, detrás del médico y la enfermera, metió la mano debajo de sus pantalones, tocándose donde imagino para luego lamerse los dedos con sonrisa gatuna.

El brillo de sus ojos me cegó. Tanta lujuria.

Gros bisous,
P.