Anoche, in extremis, pude quedar con Kerry. Fue un inmenso alivio ver su sonrisa cuando me dio la bienvenida, porque, si el día ya había sido complicado hasta que pudimos organizar el encuentro, poder llegar hasta ella fue un maldito viacrucis. Simplemente, no era capaz de encontrar el lugar, por lo que empecé a sospechar que una maldición se había cernido ayer sobre mí.

Nos lo tomamos con calma, porque yo llegué con el pulso acelerado por todo lo sucedido, y ella se dedicó a rebajar tensión con bromas (¿he mencionado ya su delicioso carácter?). Me sorprendió cuando me dijo “¿Sabes? Mi problema es que estoy aburrida de todo. Lo he hecho todo”. Por suerte, mi “yo” salió en mi sonrisa malévola y mi voz articuló un perverso “Ay, tesoro, si ni siquiera has empezado con lo bueno… por eso estoy aquí“. Tuve que hacer un esfuerzo para seguir mirándola a los ojos mientras ella reía y así no buscar a mi alrededor mi sábana y mis cadenas.

Durante unos instantes se cambiaron los roles. Ella bromeaba conmigo y hacía el payasete y yo la observaba con una sonrisa casi paternoincestuosa pensando en lo que bien que iba a venir luego esa flexibilidad de su cuerpo y esas habilidades manuales suyas. Que yo evitara caer en payasadas propias y le cediera el relevo guasón a la dama sólo se explica por el estado de agotamiento mental al que llegué y a que tenía a todas mis neuronas controlándome para evitar hacer alguna burrada.

El mayor esfuerzo vino al controlar a mis hormonas cuando ella pasó de las payasadas bromistas a las provocaciones sexuales, en especial jugando con su falda, que era bastante corta (a pesar del tiempo) y que lograba empañar mi imagen cool de sangfroid por la gotita de sudar que, de tanto en tanto, se deslizaba por mi cuello.

Logré contenerme lo suficiente, mientras ella me explicaba dónde ibamos a pasar la noche (¡AMIGO SUYO DESCONOCIDO, TE QUIERO UN HUEVO Y PARTE DEL OTRO!): en un ático/estudio con vistas a la ciudad que nos habían dejado. Es decir, a mis treinta y doce primaveras, una cría de veintiocho inviernos me llevó a un picadero… Y una vez allí, mientras me empujaba a la cama con una gran sonrisa, me contaba que ayer fue su cumpleaños. Veintinueve infiernos invernales los suyos, nieve de pura lujuria.

Eran las ocho y algo de la noche cuando, tras la última copa de cava y el último brindis (happy birthfuckday!), cuando nos fuimos a la cama, con más hambre de sexo que sentido del equilibrio, como demostró mi caída, y muchos reflejos, pues aterricé perfectamente con la cara entre sus piernas. Ni planeado me sale mejor.

Ayer, anoche, mi obsesión era por estar entre sus piernas, por sentirlas a mi alrededor mientras veía su cara contorsionándose de placer; ver sus pecho cubrirse de sudor al acelerarse su respiración y tenerla debajo cuando arqueaba la espalda y lanzaba la cabeza hacia atrás.

Admito, sin rubor, que hice trampas, y que durante los primeros envites me dediqué a conservar fuerzas para, hacia la medianoche, con las campanadas de la hora bruja, sacar el malote de su descanso espiritual y decir “ahora empezamos de verdad, ¿vale?“. Ese placer de verla caminar descalza y desnudísima hacia el cuarto de baño mientras repetía “Joder, tengo el coño ON FIRE“. Me gusta verla gatear y deslizar entonces mi mano desde su cuello hasta sus nalgas, perdida mi mirada entre las cúpulas gemelas de sus nalgas.

Esa putada de escuchar el despertador, esa putada de mierda…

Gros bisous,
P.