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Anoche participé en una de las fiestas más espectaculares y secretas de mi vida, una de las más excesivas, hedonistas y exageradas de todas las habidas y por haber. Empezaré por decir lo que no me gustó: el exagerado grado de secretismo, que, en mi modesta opinión, llegó a rozar el ridículo y la paranoia. Puedo entender que no se permitieran tomar fotos (¡obviamente!), incluso que el coche que nos llevó realizara un rodeo al ir y otro al volver (como en el primero era de noche y en el segundo iba yo adormilado por las horas de la madrugada que eran, más mi anárquico sentido de la orientación… como si hubiéramos ido en línea recta, tampoco me hubiera enterado), pero el grado de paranoia que tener que dejar el móvil y la cartera en una caja fuerte aparte… en fin, su fiesta, sus reglas.

Confieso que llegué nervioso, pura y simplemente por el recibimiento, que, lo repito, me hizo pensar que, más que a una fiesta, íbamos a un cónclave del famoso Club Bilderberg. Una vez dentro de la casa, cumplimentado el procedimiento de la recepción y escuchado las normas y demás particularidades, tardé 0,30 segundos en soltar la carcajada cuando nos dijeron a Maman y a mí que pasáramos al vestuario, donde nos cambiaríamos para la fiesta. Era un curioso contraste, ella, tan flemática (sonrisa irónica permanente), yo tan risueño (los nervios me comían por dentro). Estaba preocupado por que tal vez no iba adecuadamente vestido para los cánones (Dama de los Pies Fríos, te adoro y me quedo con tu promesa), y cuando acabé trocando mis ropas por una toalla y enfundando mi vendada pierna en una banda de ciclista color carne (chapeau por la organización) me encontraba del más risueño de mis humores. Maman, que se había pasado todo el trayecto aleccionando a un servidor cual cachorro de oso panda que a veces soy (el Bad Guy se reservó para el momento adecuado), no perdía su sonrisa divertida ni con el contorno corporal ceñido por aquella toalla que apenas cubría su pechonalidad, ni tampoco cejaba en su empeño en recordarme que no era el lugar apropiado para desmelenar mi sentido del humor más irreverente. En fin, tenía razón: me costaba mantener la seriedad  (enmascaro mis nervios a veces tras una máscara de humor) y entré en la sala con una sonrisa descomunal.

Y ahí se me acabó mi hilaridad porque aquella sala era más grande que todo mi piso y las vistas de la ciudad eran inenarrables. Si ya la casa me impresionó, el interior me dejó completamente descolocado, y luego la humanidad allí reunida, y faltaba aún unos cuantos invitados por llegar. No me sorprendió demasiado cuando el anfitrión se acercó a saludar a Maman, ni siquiera cuando lo reconocí (fue uno de los pretendientes de Maman con más posibilidades de convertirse en mi “padre oscuro”, pero esa es otra historia). Verle me calmó un ápice, la verdad, porque era una de las pocas caras conocidas del lugar, en el que escuché todas las parlas humanas y todos los acentos posibles.

Como estaba nervioso, opté por ser sensato (todavía me sorprendo de ello) y, con la máxima discreción posible, le dije a Maman que “vale, de acuerdo, como soy tu petit ours, aconséjame qué tengo que hacer“. La muy… francesa me besó en la mejilla, sonrió y me espetó un pragmático “disfruta de la fiesta, que yo voy a estar muy ocupada. Soyez sage, mon petit ours“.

FUCK, pensé mientras la veía alejarse con el anfitrión y yo me quedaba allí, con cara de Calimero y más desconsolado que Marco el día de la Madre. “Dios, que mal pinta esto como no me espabile a la de ¡YA!“. Y como iba camino de convertirme en una especie de Topoyiyo salido de seguir yo con semejantes reflexiones, opté por sacar mi lado canalla y, ya que estaba allí, divertirme todo lo posible. Por fortuna, ya fuera porque las hadas se inspiraron o porque la walkiria de turno debió de pensar que era demasiado pronto para llevarme, la cuestión es que acabé charlando con un grupo de personas de toda clase, raza, condición social, tamaño, color y toallas de diseño como si fueramos amigos de toda la vida, con la peculiaridad, si no me falla la memoria, de que por cada hombre conté tres mujeres, lo que me hizo pensar que me había muerto y aterrizado en el paraíso, con las alitas angelicales reemplazadas por una toalla y los laúdes por la pedazo de erección que la gruesa tela disimulaba con más pena que gloria.

Aquello tomaba visos de superar mis fantasías más locas. Que coño, las mías, las de Eric Stratton y las de Giaccomo Casanova y aún nos faltarían neuronas para soñar el exceso que ha sido.

(Continuará)