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Una vez más, mi salvación fue mi innata achuchabilidad, mi elocuencia y mi peculiar acento, que dejó a los presentes con la duda de si yo era un galo descolocado o un austríaco cachondo (por algún extraño capricho del destino últimamente me confunden bastante con un ciudadano de ese país). Ya fuera por mi acento, por mi agilidad mental, por mi sentido del humor o simplemente por el grado de calentura de los allí presentes apenas cruzada la medianoche, me acabé incorporando a otro circulo, más pequeño y selecto con el que terminé de quitarme la toalla y las vergüenzas para meterme en un jacuzzi y quedar encajado entre dos damas y muchas burbujas. Una de ellas (rubita, media melena, veintipocos, carita de niña buena -o sea, lo peor de lo peor-), no me había quitado el ojo desde el comienzo, y tardó poco en dedicarme sus atenciones, a las que se sumó la otra dama (morena de piel y de cabellos, cuarentayalgos, y cara de ser más mala que todo el averno junto -es decir, menos lobos, caperucita-) y un caballero al que, lo confieso, no pude prestar la adecuada atención hasta salir del jacuzzi, porque bastante ocupado estaba con saber donde metía mis manos como para reconocer quienes eran l@s am@s de aquellas seis manos y tres bocas que me estaban dando un repaso a conciencia.

Del jacuzzi pasamos los cuatro a una habitación que no puedo describir más que como un laberinto de cortinas que llevaban a una cama redonda en la que nos desplomamos todos y aún quedó sitio para otras tres personas que se sumaron más tarde. Tengo el vago recuerdo de haber visto, en mitad de esa pequeña orgía, a camareros reponiendo las botellas vacías y las existencias de preservativos, de gente entrando y saliendo de esa cama, y manteniéndose sólo a mi lado la chica rubia y el caballero anteriormente citado, al que pude prestar la adecuada atención y sorprenderme por ser objeto de tanto interés y devoción. A la morena, tras una montada mutuamente brutal, la ví desaparecer entre dos maromos que debían de haber jugado en su día con los Barcelona Dragons y no la volví a ver.

Aproximadamente a eso de las tres de la mañana me tomé un descanso. Pasaron unos camareros para informarnos de una sala en la que podíamos reponer fuerzas con comida y bebida. Allí me topé con Maman, que charlaba con una mujer con un vago parecido a Madonna (NO, no era Madonna). Mi madre oscura, guasona ante mi ligera indignación (desplomeme sobre su regazo, mala idea, porque casi me asfixia de un tetazo), me disparó a quemarropa “venga, si te lo estás pasando en grande“. Lo que era cierto e innegable, pero no excusaba para nada que me hubiera dejado más solo que la una. Que no hubiera tenido ocasión ni fuerzas ni motivos para añorarla es otra cosa muy distinta que no venía a cuento… En esas estaba yo, intentando indignarme con poco éxito cuando la rubita se sentó a mi lado y mi polla se levantó a saludarla. A veces es una maravilla que mi cuerpo tenga ideas propias, a veces. Así me libro de tener que decir nada, ya lo hace él solito.

Cuando ví a la rubita levantarse y volver a la cama, me fui tras ella. Juraría, no lo digo con total seguridad, que en algún momento se escuchó un vago rumor como de música a lo lejos. Si era cierto, juraría haber escuchado a Amy Winehouse cantando Black to Black. Si no, era mi mente haciendo un homenaje inconsciente a la Dama de los Pies Fríos y a todas sus invaluables lecciones (o, lo más probable, que mis neuronas estuvieran patinando alegremente aprovechando el cansancio).

Lo curioso del caso es que de nuevo me ví rodeado de mujeres, con apenas unos pocos hombres en la cama . Tal vez hacia las cinco, exhaustas las fuerzas (que no las ganas, prodigioso seso mío que no se da por aludido cuando mi maltrecho cuerpo pide piedad), mis dedos y mi lengua fueron las únicas partes de mí que, todavía capaces de activarse, siguieron complaciendo a las diosas que requerían mis servicios hasta que tuve que retirarme, dolorida la mandíbula, empapado de barbilla hasta el ombligo, exhausto, arrugada mi exprimida hombría como una pasa (que coño, como un guisante) y a punto de un coma “sexilítico” o algo peor. Pero no fue así y debo dar cumplido y especial reconocimiento para la nínfula (tal vez me confundió la iluminación, pero se me antojó terriblemente joven) que con su boca me supo poner de nuevo a tono para tomar parte de el último asalto con ella y una dama de la que recuerdo como fragmentos de ojos verdes y melena dorada. Después de eso, que fue mi particular canto del cisne, me despedí de tan agradable compañía, pero es que, por no poder, ya no podía ni pensar mal.

Eran las seis y cuarto cuando me retiré. Puedo decir la hora porque se la pregunté a uno de los camareros con la parte de la lengua que todavía conservaba algo de sensibilidad y movimiento. A mi alrededor la gente dormía en cualquier rincón y manera, mientras algunos pocos fornicaban furiosamente, para admiración mía. Tras una ducha caliente y recuperar mis ropas me dediqué a esperar a que Maman saliera mientras reposaba yo mis agotados miembros, sobre todo ESE, maravillado por no tener ni un ápice de sueño y que mi pierna no me hubiera tocado la moral doliendo. Ah, lo que hace la testosterona. Así que, a falta de un buen chocolate con churros, me dediqué a esperar matando el tiempo con las viandas disponibles (oh la cuisine française) y un poco de champagne, y acabé tatareando La Foule. Pasaba un poco de las siete cuando Maman, ya vestida y deslumbrante (la muy cabrona aprovechó una pausa hacia las dos para dormir unas dos horitas antes de volver a dar guerra), me sugirió que era hora de retirarnos. Hasta que no me metí en el coche el sueño no se dignó en hacerme una visita. Ah, que truhan. Que, por cierto, ha sido cuando la muy gala se ha maravillado de que yo no hubiera pegado ojo en toda la noche. Para dormir estaba yo…

Ha sido una de las fiestas más grandes, impresionantes, exageradas, locas y desmedidas que he tenido el lujo inmenso de participar en esta existencia oscura mía, velada en la que he dado y recibido más placer en una noche de las que muchos humanos darán en toda su vida (me importa un comino si sueno arrogante, fantasma, etc., la vida es como es, sale como sale y se explica como surge del fondo de la memoria, de los riñones y de otras partes  blandas menos poéticas). Suerte de los días festivos que se encadenan por delante porque incluso sostener el peso de las pestañas ahora mismo supone un esfuerzo hercúleo.

Ah, las sorpresas de Maman. Que grande, que grande es esta mujer (y que cabrona por tenerme en la inopia hasta el último instante). Realmente, me parece todo un extraño, caótico, hedonista sueño de placer, una nihilista, egocéntrico, exagerado, imponente y fantástica ilusión. Lo peor de esta fiesta es que no se vaya a repetir ni mañana mismo ni pasado.

Joder. Ya que no tengo fuerzas, sería un detalle no tener ganas tampoco, diría yo. Bueno, después de esta noche de excesos, me voy a tomar un descanso.

Cinco minutos, o así.

Gros bisous,
P.