Una de las pegas de los condones es que me roban gran parte de la sensibilidad. Por eso, cuando esta mañana me he despertado y al notar la cercanía de Maman se me han despertado todos los instintos menos el de ir a la cocina a preparar el desayuno, por ser ella ni he pensado en otra cosa que en lo obvio.

Divisando en la penumbra su nuca y su espalda he comenzado a actuar de manera completamente instintiva, sin dar un ápice de oportunidad para que el cerebro razonara. Una de mis manos se ha apoyado en la piel desnuda de su espalda y la otra ha ido en busca de sus portentosas tetas, que no ha tardado en encontrar.

Ella se ha despertado al sentir mis caricias y me ha espetado un “ya tienes ganas?!?!?” que ha desvelado su sorpresa tanto como mi “oh si” ha desnudado mi deseo. Así que, sin pensarlo, tras acariciarla más e intercambiar sendas perversas sonrisas, la he penetrado en ese instante, sonriendo al notar su humedad.

Como ella sabe, follarla a cuatro patas me produce un placer perverso, superior al que esa posición, per se, ya me ocasiona. Entre eso, el estar libre de la molestia del condón y las ganas, hemos tenido que esforzarnos los dos en hacerme durar porque, lo confieso, podía haber terminado en escasos segundos. Pero no ha sido el caso y el goce se ha prolongado deliciosamente entre momentos de follar lenta y gloriosamente, otros de mayor premura y, hacia el final, bombear desaforadamente hasta el grito final.

Gros bisous,
P.