Por fin he conocido a la “sorpresa”. Y debo decir que me ha sorprendido, a pesar de ser previsible.

“Pixie” me ha presentado a una dama liberal, de aproximadamente mi edad, a la que conoce desde hace un tiempo (nebulosa manera de dejarlo todo en suspenso y, a la vez, responder a la pregunta) y que ha mostrado interés en conocerme (después de que “Pixie” la haya saturado a base de cantarle mis excelencias). Es de ese tipo de mujeres con las que te cruzas a diario por la calle o te las encuentras en la compra y no te hace pensar. Ella misma se ha definido en un par de ocasiones como “absolutamente normal”. Y esto me ha puesto en alerta porque, por experiencia, puedo decir que detrás de una mujer “absolutamente normal” se esconde una dama extraordinaria.

La conversación ha sido considerablemente convencional durante gran parte del encuentro lo que, lo confieso, ha comenzado a alarmarme, porque me he temido que la dama no sentía demasiada curiosidad por mí. Era vivaz, conversadora, entretenida, pero faltaba algo. Interés por ir más allá de la convencionalidad de la charla.

Juro que, en ese momento, me estaba devanando los sesos para encontrar la manera de romper el punto muerto. Y, de repente, todo ha fluído. La dama ha formulado una pregunta sobre mi diario y, a partir de ahí, la conversación ha cambiado su curso y hemos empezado a tocar temas más interesantes y picantes.

A “Pixie” se le han empezado a ocurrir varias ideas “malotas” y, al recordar ella que el viernes los dos tenemos un encuentro, la temperatura ha empezado a ascender de manera estratosférica. Por desgracia, al cabo de casi dos horas de charla, la dama “sorpresa” se ha tenido que marchar por compromisos familiares irrevocables, pero no antes de acordar otro encuentro entre ella y yo e intercambiar “cromos”.

“Pixie” y yo hemos seguido charlando, esta vez sobre nuestra cita próxima para asegurar que nada sale mal. Creo que si no se nos hubiera tirado el tiempo encima, acabamos follando en el WC.

Gros bisous,
P.