Ayer quedé con una pareja swinger que me contactó por la mañana de la manera más estrambótica en el momento menos apropiado de toda la mañana, ascensor mediante. Decir que la cosa terminó mal porque empezó igual de mal es completamente innecesario.

Ellos supieron de mí porque una amiga liberal (¿cómo? ¿quien?) que lee mi blog (¿está buena?) y me sigue en twitter (repito: ¿ESTÁ BUENA?) me recomendó. Ellos me saludaron por ahí, por twitter (en mi cuenta clarita, oh, la ironía), y fuimos charlando, hasta, finalmente, acordar quedar para vernos, tomar algo a eso de las ocho.

FUE UNA MIERDA.

Nada de feeling, nada de atractivo por ninguna de las partes, y los tres notandolo, incómodos. Viendo que aquello no iba a ninguna parte intenté cortar rapidamente la experiencia, pero ellos no se atrevían a captar la sugerencia, ya fuera porque no están acostumrados a que las cosas no salgan bieno el motivo que fuera. Angustioso. Hasta que al final dije:

-Uy, se me ha hecho tarde, tengo que irme.

Entonces, joder, entonces, cuando ya era palatinamente obvio que aquello no iba a ninguna parte, él suelta “parece que no hemos congeniado mucho”. Fue entonces que se me despertó la curiosidad y nos pusimos a hablar.

Y aunque cada mochuelo se fue a su olivo, al menos ellos entendieron que estaban haciendo mal y yo comprendí el porqué de mis ganas de salir corriendo. A ellos no les gustaba mi manera de expresarme, directa, y a mí me desesperaban sus vaguedades, sus metáforas y sus circunloquios.

Lección aprendida.

Gros biosus,
P.