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Querido diario,

Ni es la primera ni será la última, pero tenemos, tú, parte paciente, objeto inánime de mis perversiones; yo, autor de esta degradación de costumbres y morales, una censora de lo más agradable.

De todas, esta simpática inquisidora que lleva unos pocos días leyendo con escandalizada sorpresa mis descarnadas reflexiones liberales, se ha aventurado a escribirme su sincera opinión y, ¡oh horror!, descubrir que, no sólo respeto y entiendo su punto de vista, pero que, pese a admitir su lógica impecable y su certeza en su análisis, ello no implica que piense alterar un ápice ni lo que vivo ni lo que pienso ni, mucho menos todavía, lo que hago y pienso seguir haciendo hasta que me harte.

Como digo, es una inquisidora de lo más simpática, porque, a pesar de lanzar verdaderas descargas artilleras contra mis tesis y opiniones, no deja de hacerlo con gran educación y humor. Me cae bien, la verdad, y empiezo a aficionarme, como ya le he dicho, a leer sus críticas. Me relamo pensando en lo que me dirá de esta confesión pública.

Eso sí, algo de ella me irrita. Desconozco su edad (intuyo que debe ser más joven que yo), su estado civil y su lovcalidad, pero una cosa la tengo clarísima, querido diario.

Me encantaría pervertirla y atraerla a esta luminosa oscuridad mía.

Hala, ya tienes algo más con lo que escandalizarte.

Gros bisous,
P.