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Ayer fue la noche. Y fue magnifica. Todo tranquilo, como yo esperaba. O casi todo.

Ella, como de costumbre, llegó tarde a la cena, que sirvió para que yo calmara mis nervios y ella me enseñara un lado desenfadado que me sorpendió un poco. Aproveché para recordar las reglas y ella para desmontarlas, dejando claro que, salvo que no pensaba aprovecharse de la situación ni de jerarquías laborales, todo valía.

Una vez en el club, que escogí yo, pude constatar que tuve cierta suerte, porque no había demasiado personal, y el que había se comportaba bien. Así que tras las vueltas de reconocimiento pertinentes, ella se envalentonó y me dijo que quería ver más. Así que tocó “cambiarse de ropa”.

Eso lo llevé bien, pero lo que admito que me dejó boquiabierto fue a ella interactuando con los que se nos acercaron. En su honor diré que los nervios los olvidó con la ropa y que se comportó de una manera que me hizo sentir orgulloso de acompañar a semejante dama.

Y pasó lo inevitable. Que con tanta gente guapa, tanta copa, y tanto tanto… pues que la dama quiso su premio, en forma de este pobre panda, escritor aficionado. Aunque no tengo claro quien fue el afortunado, porque yo tuve la dicha de disfrutar de una amante maravillosa.

Simplemente, fue una noche fantástica que no creo que pueda olvidar.

Esta mañana, al despedirnos, me ha recordado algo.

“El lunes, sigo siendo tu jefa”.

Me tranquiliza saber que no me voy al paro…

Gros bisous,
P.