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¡Que gusto abandonarse al deseo, desconectar de todo y perderse entre sus brazos! ¡Que delicia refugiarse en el mero placer, en el hedonismo, en el ahora, en el ya! ¡Que alivio poderse olvidar de todo en compañía de G.!

Y que peligroso.

Recuerdo cuando A. y yo jugabamos a ser esposa y esposo en París, nuestra fantasía favorita. G., guasona, me preguntaba si A. era mejor cocinera que ella y yo me escapaba sutilmente por la tangente.

Anoche cenamos con otra pareja, R. y O, que estaban de paso por Barcelona. Fue enervante escucharles lo bien que les va todo. Ni sombra de un pequeño desastre, ni se les quema la comida nunca. Simpáticos, amables, eso sí. Mi concepto de ellos mejoró a lo largo de la velada. Tal vez no fue recíproco.

Al final cada pareja regresó a su nido.

Para despedirnos de nuestras vacaciones y dar la bienvenida a nuestra nueva vida, hoy tendremos una cena especial con nuestra “familia oscura”. El dinero sirve para esto, para estos placeres que hacen que la vida no sea tan insulsa.

Gros bisous.

P.