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No tengo ni idea de cuantos petisos carambanales llevo contados cuando tus pasos retornan. Te escucho moverte por la habitación y encender algo. El ruido del mechero es reemplazado en mi cabeza por un aroma extraño, mezcla de cera, seda y fresa. Sumo dos y dos… y no me salen las cuentas.

-Si estás pensando en hacerme una cabronada te sugiero que me la expliques primero, porque creo que las sábanas son demasiado caras para que te las deje perdidas… -te digo en pleno ardor heróico mientras noto como el esfínter se encoje y me salen dos canas nuevas.

Te ríes y no dices nada. Eres desesperante. La mayoría de las veces pecas de parlanchina, pero hoy estás decidida a llevarme la contraria. ¡Coño! ¡Qué es esto! Algo caliente me quema suavemente el pecho.

-Perdona, pero el “panda a la brasserie” no está en el menú -te digo, ligeramente contrariado y algo “acongojado”.

Noto tus dedos extendiendo la cálida materia por mi pecho. Parece algún tipo de aceite caliente, pero es demasiado consistente para ser de naturaleza oleosa. Mientras lo extiendes el perfume se va haciendo más penetrante y el calor más intenso, sin llegar ni uno ni otro a ser molesto. Pecho, hombros, cuello, vientre, brazos, piernas, la oleogenosa materia me va cubriendo y me empiezo a sentir como el protagonista de una peli de gladiadores… Ah, mi alma profética, qeu hubiera dicho Hamlet. Su reverendo padre, por cierto.

Tus dedos siguen jugando y de repente los noto explorando, suavemente, mi ano.

-Cuidado con el ojo de Saurón, cuidado con el ojo de Saurón -consigo murmurar antes de que las caricias me provoquen un mutismo complacido. Un dedo, dos y el aceite o lo que sea hace milagros.

Tu boca me besa suavemente. Tus dientes se apoderan con delicadeza de mi labio inferior y, de repente, desapareces. Me susurras inesperadamente al oído y me preguntas:

-¿Quieres que te quite la venda?

-Estás tardando, chérie…

Lo haces y te veo por un breve instante. Te das la vuelta y veo tu hermosa espalda y ese culito que me hace ser creyente cada vez que lo veo, porque si Dios hizo unas posaderas tan bonitas como las tuyas, el Paraíso tiene que ser la leche.

Y entonces paso del Paraíso a las puertas del Purgatorio en un abrir y cerrar de ojos. En tus manos veo un consolador y unas correas. Lo segundo no me preocupa, pero lo primero me recuerda al obelisco de Luxor. Y, la verdad, viendo como me miras, sospecho que me vas a dejar el culete como el centro de la plaza de la Concorde.

-¡Por Dios, vuelve a vendarme los ojos!

Te acercas sonriente y yo, en un último atisbo de digna coherencia y sensatez mental, murmuro:

-Me seguirás respetando mañana, ¿verdad que sí?

Te ríes.

The End