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Cuatro de la mañana. O casi.

Estoy con ese punto de sinceridad -lo que en otros se llama ser un cabronazo- que me da el alcohol. Miro la mano que se cierra sobre tu pecho. El pezón se ha escurrido entre mis dedos y yo ya sólo pienso tonterías. No quiero amor, nunca me da el subidón que me hace falta.

Me pierdo bajo la ropa de la cama, te separo las piernas y acaricio tu sexo con la lengua. A oscuras. Sabe a tí, a Evian, al cuero del asiento del taxi que nos ha traído, al sudor que la fiesta ha depositado en tu cuerpo. Tus piernas se cierran a mi alrededor y aprietas mi cabeza con ellas. Es delicioso no tener que pedirte lo que sabes que me gusta. A oscuras bajo la ropa lamo y lamo como un gatito, con los ojos cerrados, imaginando tu cara.

Algo frío roza mi frente. Abro los ojos y veo tu cara. Has separado la tela y te puedo ver. Sonríes de esa manera distante que a veces me hace odiarte y cierras los ojos mientras comienzas a jugar contigo misma. Tus dedos recorren lentamente tus pechos y yo sigo lamiendo, sin prisa, con la atención dividida entre tu sabrosa humedad y los movimientos de tus manos en tus pequeñas colinas.

-La tengo muy dura -te espeto. Si aquel tenía los huevos llenos de amor, yo los tengo de romanticismo y que se jodam Byron, Shelley y la rana Gustavo.

Es verdad, mal que me pese. La tengo dura, pero la culpa es de mi pene, que es un irreflexivo. Tu sonrisa se acentúa levemente mientras prosigues con tus caricias y yo te miro, atento. Tus párpados se separan y tus ojos de color de bourbon me observan. Tu mano se separa de tu seno y me abofeteas suave y burlonamente. Luego, como si me hubiera trocado en felino, me coges del pelo y me bajas la cabeza hacia tu sexo, como hacías con tu mascota cuando eras niña y le forzabas a beber leche de su cuenco. Sigues siendo perversa.

Tus ojos no se separan de los míos mientras lamo y lamo. Medio siglo de perversidad me contemplan, pienso con napoleónico sentimiento. Así que, en lugar de escaparme de Elba, opto por tomarla al asalto. Sin avisar ni pedir permiso me incorporo apoyándome en manos y rodillas y me propulso hacia adelante. Mientras mi boca contacta suavemente con la tuya, mi pene se estampa contra tu sexo con menos delicadeza. Separas tus labios de los míos y, burlona, me rematas:

-Lo tuyo va camino de ser mítico… lo de no encontrar el camino, quiero decir.

“Ahí no tengo GPS”, pienso durante un breve segundo antes de que tu mano se apodere de ese pedazo de mí con ideas propias y escaso sentido de la dirección. Al contacto con tus frías llemas, arde el doble y palpita como si el corazón se me hubiera escapado del pecho. Tu mano aprieta suavemente mi erección y tus ojos me explican, entre parpadeos escasos y relampagos de color caoba, que me va tocar sudar para correrme. Si eso, claro.

Seis de la mañana. Qvo Vadis, Sabina, qvo vadis…

Tus senos se estremecen mientras te dejas caer bruscamente sobre mí y tus ojos me taladran mientras tu vagina me exprime, me comprime, me abraza y me estruja. Tu rostro, allí en lo alto. Mis manos, atadas al cabecero de la cama, no sienten ni padecen. En el pecho me escuece un rastro de uñas que han tatuado tu deseo en mi piel. Te inclinas poniendo tus pechos casi al alcance de mis labios. Así, mientras sigues embistiéndome y mi pene entra y sale de tí componiendo una sintonía que deja al Danubio Azul como una pachanga veraniega, me miras inquisitiva y, sin decir nada, me dejas a oscuras cuando vendas mis ojos miopes.

El mundo troca sus formas informes en oscuridad total y me pregunto que perversidad me preparas. Una corriente de frío recorre mi endurecido amigo indiscreto cuando sale de tu cálida cueva y protesto vivamente. Un dedo se apoya en mis labios blasfemos y opto por callarme. Total, tampoco me vas a hacer caso, que nos conocemos.

Escucho tus pasos alejarse. Estoy bien atado y no veo un pimiento, así que sólo queda autorecetarme una ración de ajo y otra de agua. Y esperar, por supuesto.