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Me giré en la cama y algo me despertó. Abrí los ojos (soy incapaz de permanecer con los ojos cerrados, tengo que abrirlos para saber si puedo volver a cerrarlos o no) y miré. Un breve rayo de luz se filtraba por debajo de la puerta.Una pequeña muralla de tela se alzaba ante mí. La música resonaba aún en mis oídos. Mi mano se dirigió a mi culo y recordé.

Sonreí.

Dos de la mañana.

Sintiendo demasiado, más de la cuenta incluso. Estamos juntos en medio de un delicioso lío de piernas, manos, cuerpos, carne, pelo. Bailas y sonríes de esa manera tuya, amplia, llanea de dientes y que anuncia el jorgojeo casi alado de tu risa, la verdadera.

No recuerdo que me has dicho. Por mi vida que no puedo, de verdad. Cariño, son demasiadas las emociones que siento. Me das la espalda y mis brazos te rodean. Hundo mi rostro en tu nuca mientras pegas tu cuerpo al mío. Así, en este abrazo lujurioso, me siento vivo.

Tengo que apartarme, necesito aire (ya me conoces). Voy al cuarto de baño y escucho una voz femenina apurada:

-Psst… oye…

Me giro y veo a la novia de alguien con cara de problemas.

-Qué pasa? -le digo

-No te rías – me dice muy seria.

-No – “Primera mentira del año”, pienso mientras mantengo la cara inexpresiva. No cuenta mucho. Es una desconocida y las mentiras así no tienen mérito.

-Se me ha roto el vestido por detrás y no puedo salir así…

“Por poder, puedes. Otra cosa es que quieras acabar inmortalizada en Youtube” pienso y me callo.

Mientras me quito la americana y la ayudo a taparse recuerdo un tanga atascado en una maneta y me sonrío. Caballero hasta el final la acompaño hasta su mesa, donde informa con cara de apuro del incidente. Una americana reemplaza a la mía y, tras darles la espalda y permitirme una amplia sonrisa sardónica, regreso a nuestra mesa.

Observo a la gente bailando. La gente vestida con ropa cara, perfumes costosos y gastando un dinero que no tiene, intentando aparentar una clase que no es la suya por varias tallas de diferencia y yo en plan Pepito Grillo. Durante un instante la magia se rompe y realmente veo lo que veo y escucho lo que escucho: la música me pega la primera torta y me deja contando los segundos para que suene la campana.

Luego viene el olor a humanidad, a tabaco, a alcohol, a perfumes de garrafón mezclados con sofisticados aromas que endulzan los cuerpos (más -pocos- o menos -el resto-) divinos. Veo a la gente retorcerse como si se fueran a poner a cagar todos al mismo tiempo. A juzgar por sus caras diría que necesitan aliviarse.

Te veo de nuevo, rodeada por dos aspirantes a machitos de gimnasio. Seguro que uno se llama Borja y el otro Fabio. Sonrío, te devoro con la vista y me sirvo otra copa. Siendo sincero, nochevieja es una noche que sólo puede soportarse completamente borracho. Vacío la copa, pido otra botella y me voy a rescatarte. Mientras cruzo la distancia que nos separa me pregunto qué hacer exactamente así que opto por lo fácil: ser sincero.

Sólo hay que escoger el grado: hijodeputismo total.

Así que cuando te giras atrapo tu mano y tiro suavemente de tí. Hacia mí. Trastabilleas, bizqueas un momento y me reconoces.

-Ah, eres tú -dices con una exhibición de dientes blanquísimos y labios rojísimos.

Miro a Borja y a Fabio y sin dejar de sonreir les digo:

-La dama está ocupada, lo siento. Buscaros a otra que os pague las copas, guapos.

Te ríes mientras les miras por encima de tu hombro y a través de tu flequillo caoba. Te subo la tira del vestido y te miro fugazmente el escote. Viejos hábitos que tardan en morir, ya sabes. Suspirando y con mi brazo en tu cintura ponemos rumbo hacia la mesa.

Tan sólo hay que cruzar la selva de carne trémula y vestidos de ocasión…