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Ave Barcelona – Madrid – Pekín – Mataslacañas.

Estaban sentados lado a lado. Él leía las “Odas de Safo” según la traducción de Ignacio de Luzán y ella “Ascenso y Caída del Tercer Reich”, de William Shirer. Él pasaba las hojas con lentitud, disimulando con más pena que gloria algún vistazo ocasional y furtivo a su compañera de viaje. Ella pasaba las hojas con rapidez, casi como si sus ojos escanearan las letras en lugar de leerlas.

La miró de reojo. Se preguntó que sería perderse en aquella boca y en aquellos ojos, acariciar sus hombros, desnudarla lentamente para poder empaparse de todos sus detalles. Descubrir sus pechos y acariciarlos suavemente, pasar la lengua por sus pezones y seguir hacia abajo. Notó como su pene se endurecía y cambió de postura para disimularlo. Miró furtivamente a su derecha y la vio volando por las hojas de su lectura. “Me gustaría saber qué decirle”, pensó. “Más te gustaría follartela, capullo”, le dijo esa parte burlona que se agazapaba detrás de sus ojos.

¿Cómo sabría su sexo? ¿Qué se debía sentir al deslizar la lengua por su sonrosado (porque lo sería, sin dudar, no como las vaginas marchitas de color de tierra) perímetro y más adentro todavía? ¿De qué color sería su ropa interior? Apretó el libro con fuerza, intentando concentrarse en su lectura, pero sólo veía pechos y culos. “Todo es sexo”, como dijo John Lennon. Le dolía de tan dura como estaba. La lengua también, pero de miedo. “¿Y cómo carajo le voy a decir nada?” “¿Y si piensa que soy un sátiro?”. Otra mirada furtiva a las piernas, largas, esbeltas, que brotaban como rayos de sol de debajo de la falda.

Pasó otra hoja. Su acompañante seguía a su lado, leyendo tranquilamente.

En realidad ella no leía. Imaginaba. Sabía que la mirada de él la taladraba de vez en cuando y notó una ligera excitación recorriendo su cuerpo. Por eso no lo miró. Quería controlarse. ¡Tenía tantísimas ganas de que la follara! Quería que la hiciera gozar como nunca, coger su mano y llevarla a ese lugar mágico entre sus piernas que ya se estaba mojando. Respiraba suavemente y apenas lograba sonrojarse de excitación. Quería abrirse de piernas allí mismo y que  él se arrojara sobre ella. Lo necesitaba con urgencia. Sentía sus pezones duros, muy duros. Casi le dolían. Pasó una hoja y otra más.

De repente él se puso en pie. Sin juegos previos, sin aviso. La agarró de la mano, la levantó de un tirón y le hizo darse la vuelta. Con un gesto brusco le levantó la falda y con otro hizo a un lado su tanga. Se sacó su polla dura y allí mismo se la metió de un golpe. “Joder!” se dijo ella. Fue tan profunda la embestida que sintió el glande en su garganta. Se movió presa de un espasmo gozoso y sus caderas señalaron el mensaje inconfundible: Él tiró de su pelo y comenzó a penetrarla con fuerza, brutalmente, sin preocuparse si le haría daño a o no. Ninguno de los dos podían contener sus gemidos, que resonaban en el vagón como cañonazos. El punto y final de la página detuvo sus ensoñaciones

Con un suspiro, ambos pasaron página.