KM ha vuelto. Me ha dado tanta alegría verla que me la he comido a besos en la misma puerta de casa. Luego ha tocado, por supuesto, aguantar su justa ira e indignación por mi ataque de risa al saber de sus peripecias con la policía.

Cuando he vuelto a reírme a carcajadas me ha dejado por imposible y me ha perdonado. Sospecho que no, porque es una mentirosa, como yo, y me las hará pagar todas juntas. A ella se lo permito.

Me pregunto si le apetecerá hacer un trío con C. Y viceversa. Todo es cuestión de averiguarlo.

Anoche estuve haciendo repaso de fantasías con C. Estábamos de reflexión cuando, de repente, se me ocurrió la idea.

Ella tenía su cerveza en la mano y yo estaba estirado en el sofá, incapaz de hilar dos pensamientos seguidos coherentes cuando la botella en su mano me hizo recordar una foto de Chloë de Lysses.

-¿Alguna vez te has metido una botella por el coño? -pregunté, sorprendido y feliz por ser capaz de completar una frase.

Se quedó mirando el botellín, luego me miró y exclamó:

-Pues no…

Las risas llevaron a los besos y tuvimos que parar el capítulo de la serie que estábamos viendo y comentando.

Obviamente era el momento de algo más importante e interesante.

En mi memoria atesoro dos momentos embarazosos y surrealistas. Las dos peticiones de boda que he “sufrido” en mi vida (primero una chica a la que saco unos 20 años, y, un año después, su madre). Jamás me ha salido un “no” más rápido en mi vida.

Ayer añadí otro momento surrealista a mi acerbo vital. Una ex-compañera de trabajo me ha pedido si puedo donar mi semen para que ella pueda quedarse embarazada. Obviamente, añade, hasta después de la pandemia nada de nada.

Que, en semejantes circunstancias, ella piense en tener un bebé me inspira una profunda perplejidad y, a la vez, me conforta saber que aún queda gente optimista en el mundo.

Me gustaría poder decirle que sí, porque es una chica estupenda y se merece lo mejor. El problema es que, hace años. me juré no dejar descendencia. En fin, tendré que pensarlo detenidamente. Total, el confinamiento no va a terminar mañana.

Ayer hice el amor con una mujer a la que hace poco se le ha muerto la madre. Eso pasaba por mi cabeza anoche, tumbado en su cama, con la cabeza de C. en mi vientre y mi mente en las alturas.

La vida sigue, los vivos nos debemos a los vivos y hemos de dejar ir a los muertos.

Me cogió de la mano al legar y me llevó a su cuarto sin pronunciar palabra, pues no hacían falta. Luego, cuando mi mano se deslizaba perezosa por su clavícula y observaba la sombra de su pezón en mi ombligo, me dio la noticia.

La vida sigue.

Ayer, durante nuestra pequeña soirée con la pareja amiga de KM, llegué, de nuevo, a la vieja conclusión que el coronavirus confirma: que vamos a morir, un día y otro, y que lo que nos llevaremos a la otra vida es el bagaje de lo vivido.

Que no importa nada, salvo ser feliz. Que es ahora cuando vivimos, y que mañana una minúscula bacteria o una caída por las escaleras puede poner fin a la función.

Que toda esperanza es un sueño y que dura mientras dormimos. Y que cuando despertemos, estaremos al otro lado. Así que vivamos soñando, pero vivamos.

KM, siempre fiel así misma, me ha preguntado si me importaría saltarme “un poco” el confinamiento e ir esta tarde a casa de una amiga suya a “jugar” con ella y su pareja.

¿Por qué no? Le he dicho que encantado, pero que antes se pase por mi “bunker”, para tomar algo y charlar. Quiero saber un poco más sobre su amiga y los “juegos”.

De paso, me ha inspirado una idea. Voy a pensarme en una excusa para que ella y C. se conozcan. Tengo curiosidad por ver qué pasa. Una parte de mí se opone rotundamente, pues sería mezclar dos mundos que no deben entrar en contacto, pero, por muy respetable que mis propias ideas sean, creo que es un pensamiento absurdo.

Me muero de ganas de repasar la suculenta silueta de KM

Nota mental: tengo que encontrar la manera diplomática de decirle que está empezando a ganar un poco de exceso de peso en su culete…

He estado a punto de mandar a Tina a la mierda, de borrar su número de mi agenda y de enviarle un par de albanokosovares a su casa que le rompan su colección erótica.

Se le ha ocurrido hacer una broma a costa del coronavirus y ha conseguido preocuparme en serio. Y cuando yo empezaba a notar el corazón latiendo en mis ojos, me dice que todo era una broma.

Voy a estar un par de días sin querer saber de ella, hasta que se me pase el enfado y las ganas de estrangularla con sus propias bragas.

C. y yo llevamos dos días quedándonos despiertos hasta altas horas de la madrugada. Charlamos, comemos, bebemos, follamos, y nos relajamos tranquilamente, perezosamente aletargados debajo de las mantas en el sillón.

Anoche la pereza hizo que C. propusiera trasladarnos a su cuarto a ver la tele un rato. Así que, bajo el nórdico, nos pusimos a ver un par de capítulo de “House of Cards”, aprovechando que ella le está dando un repaso y yo retomando la serie donde la dejé tiempo ha.

La erótica del poder televisivo se nos contagió, de manera que retomamos el sexo donde lo habíamos dejado en el salón cuando nos entró un súbito ataque de hambre glotona. Y ya fuera por lo cenado, por el ejercicio sexual o por cualquier otro motivo, hacia las tantas menos diez, los dos estábamos profundamente somnolientos.

Por eso procedió a despedirme para regresar a mi bunker antivirusiano cuando ella me retuvo con la mano y me dijo “para qué…”. Cierto, para qué irse… pues para poder volver.

Así que esta mañana me ha pillado el alba en su almohada, y los dos nos hemos levantado a verla. Y, durante un buen rato, me he olvidado de mirarle el culo.

Ayer tuvimos C. y yo una sesión hedonista que no entrará en ningún historial del goce humano pero que nos supo a gloria a los dos. Prueba de ello es que agotamos su reserva de cervezas para esta crisis pandémica (que hemos repuesto esta mañana).

Es una mujer que me intriga. La sonrisa que mantiene mientras flirtea parece a la vez armadura defensiva y muro disuasorio, como si pusiera una barrera entre ella y el mundo.

Tengo la sospecha que hemos iniciado una relación que va a durar mucho, pura y simplemente porque hemos visto el uno en el otro algo que nos atrae hasta la náusea.

Primero quiero ver como pierde el control. Luego veremos que viene después.

C. me deleitó ayer. Parece “dejarse hacer”, ceder la iniciativa y ser mera “receptora” de lo que ocurre a su alrededor. Pero está siempre atenta y, en realidad, es ella la que controla lo que sucede.

Ayer lo vi claro. Antes de que yo empezara el flirteo, me dí cuenta de que ella ya sabía lo que yo tenía en mente, de manera que no tengo claro hasta qué punto hice mi voluntad o la suya.

Tiene una piel tan suave que no parece humana. Y un culo que se lo traga todo sin el menor esfuerzo.

Me encanta como se le mueve el flequillo con cada una de mis embestidas.