Nos gusta quemarnos. Jugar con fuego es uno de los vicios clásicos del ser humano.

Anoche le tocó el turno a Pandora, la nueva Eloísa. Quiso poner celoso a Epimeteo y le salió el tiro por la culata. Hoy está bastante furiosa, obviamente.

A veces tengo la sospecha que el género humano tiene una extraña tendencia a ignorar o a no tener en cuenta que a toda causa le sigue, como mínimo, un efecto, diga lo que diga Hume.

Pandora infravaloró la inteligencia de su compañero de juegos y su capacidad de reacción, algo bastante impropio de ella. Y los errores se pagan.

Francamente, me tiene muy sorprendido.

Mientras, sigo sonriendo por cierto espectacular vista tras unas dunas…

Una de las cosas que más me gustan de Cris es su risa. Es como la de un bebé. Sincera, pura, fácil. Le nace en el ombligo y sube gorgojeando hasta su boca. Cuando ríe, me olvido de todo. Me encanta verla desnuda sobre la cama riendo. Es una mezcla tan mágica de sensualidad y felicidad pura.

Cuando esto se acabe, cuando uno de los dos encuentre a otro amante mejor o se aburra, quedará una bonita amistad entre nosotros.

En un rato estaré cenando con Cris. La pobre ha pasado unos días bastante malos y necesita buena compañía, así que he tenido el honor de ser escogido para hacerla reír, algo que se me da estupendamente bien.

Me ha adelantado que quiere mucho sexo, así que voy mentalizado para las agujetas de mañana. De postre, alguien le ha hablado de un lugar donde se realizan orgías y gang bang, y su curiosidad se ha disparado otra vez.

Hoy lo hablaremos, imagino.

Una de las ventajas de mi soltería es que no tengo hijos que compliquen mis planes, porque si uno es padre, lo es por completo. Pero algunas de mis amigas los tienen/tenían, así que sus retoños se ocupan de hacer mi vida una aventura más interesante, es decir, complicada. Esta regla general se vuelve infernal en verano, pues además están las vacaciones, etc, etc.

Todo esto viene a colación de los respectivos líos familiares que dificultan poder quedar con Cris y con Pandora, a la que, a partir de hoy, rebautizo como Helen. Inicialmente pensaba en llamarla Hela, la diosa del Helheim de la mitología nórdica, hija de Loki y de Angrboda, pero, caprichoso que soy, he optado rebautizarla como otra mujer fantástica, inteligente, decidida, bella y de armas tomar, la doctora Helen Magnus.

Cambiando de tema.

Últimamente observo cómo algunas damas de mi entorno (trabajo, vecinas, etc) se enfrentan a cumplir los cincuenta años. Cuatro lo llevan como pueden, una quinta como si fuera más de lo mismo y la sexta y última ha optado por rebelarse. Ella, que había sido no sumisa pero sí un poco conformista, se ha liado la manta a la cabeza y ha decidido hacer ahora todo lo que en las décadas precedentes ni soñó imaginar.

Realmente, me inspira una gran curiosidad cómo está enfocando esta nueva etapa. Con otra amiga suya, a la que no tengo el gusto de conocer, han ideado ser otro par de Thelma y Louise y hacer todo lo que se les pase por la sesera. Yo, salvo recomendarle que se abstenga de usar armas de fuego y vigilar dónde se mete y con quien, no sea cosa que le urja encontrar un precipicio, callo y observo.

El temor femenino a la vejez me resulta fascinante.

No hay nada perfecto, ni siquiera la mujer perfecta.Prueba de ello es la fantástica dama que mencioné ayer. Hoy me ha sorprendido hasta el punto de causarme su comportamiento una profunda desazón y una cierta perplejidad que sólo su juventud justifica, aunque no del todo.

Creo que tengo que estudiarla más. A una saludable distancia. Me parece fascinante, deliciosa, encantadora, es cierto. Pero hay que ser prudente y sensato.

Anoche tuve la sensación de estar en peligro con Pandora. No es una exageración sino, simplemente, la sensación que tuve al ver surgir en ella ese lado salvaje al que ya he aludido anteriormente.

A veces creo que realmente no le importa nada. Podría ser que ella intérprete la vida como si fuera un juego, y actúe como si, de cualquier manera, ella fuerA a salir indemne una vez terminado todo.

No puedo describir de manera adecuada la sensación que tengo en el estómago. Por un lado una parte de mí clama por poner fin a todo esto cuando aún estoy a tiempo, mientras otra continua pensando “sigue adelante a ver hasta dónde llega”. No sé si estoy buscando sus límites o los míos propios. Tengo la sensación de que hay algo que debo de encontrar en todo esto.

Tal vez no haya lección que aprender, ní tampoco moraleja alguna. Sea lo que sea ya lo descubriré cuando llegue el momento. Mientras tanto continúo adelante con una precaución que me resulta impropia, desconocida y sumamente extraña.

No conozco nadie que folle como ella. Por eso me tiene atrapado y fascinado porque tiene algo que no había experimentado hasta ahora con ninguna otra persona. Y sin embargo no puedo evitar sentir esta sensación de peligro corriendo por mi espina dorsal, de manera enervante y deliciosa a la vez. Es esa absoluta sensación de libertad, poder y falta de límites. Con ella no hay barreras.

Es algo inexplicable.

Tengo la sospecha de que Pandora (le tengo que buscar un apodo mejor, pero es imposible, porque le va perfecto! Tiene la caja mitológica entre las piernas, de donde le brotan los bienes y los males, y eso lo resume todo) está jugando a algo conmigo y no tengo claro ni el juego ni las reglas. Y, sin embargo, esa mujer me sigue fascinando de una manera perversa e inexplicable.

Ayer conocí a una mujer también muy interesante que me dejó profundamente impresionado cuando hablamos por privado. Simplemente siendo yo (gracias, Dama de los Pies Fríos…) triunfé.

Y sigo repasando mentalmente qué hice, porque fui el de siempre. En fin, lo habitual. Algunas mujeres son más receptivas a algunas cosas que otras. C’est la magie…

Cuando me sonríe, siento que el sol brilla, aunque sean las doce de la noche. Es un sueño de amiga que, nuevamente, supera todas mis expectativas.

Cuando me mira con esa expresión suya, imposible de clasificar sin equivocarse, noto ese escalofrío que me recorre la columna vertebral y el deseo me invade.

Son dos mujeres completamente diferentes, el sol y la luna, la noche y el día. Tengo la certeza de que no se caerían bien si se conocieran.

Un riesgo que no me planteo correr jamás de los jamases.

He sido injusto con Pandora. La dama posee, ciertamente, cualidades positivas que, en determinadas ocasiones, pueden llegar a redimirla. Es alegre y optimista, vitalista y energética (lo que puede resultar agotador), además de reservada, lo que tiene el encanto adicional de que me cuenta sólo lo que ella considera necesarios que yo sepa y no me abruma con miles de detalles intrascendentes que, a los cinco minutos, ya he olvidado.

Su sentido del humor es inteligente, aunque a veces ella misma se pierde en sus filigranas verbales, lo que me resulta tremendamente familiar. También posee conatos de un humor negro profundamente crudo, lo que me hace atisbar sombras más profundas que su sonrisa no logra ocultar por completo.